Esta historia comienza hace mucho, mucho tiempo, en las tierras lejanas de gran continente Inglorion. Un lugar repleto de frondosos y oscuros bosques mágicos donde habitan toda clase de criaturas, rodeado de montañas nevadas, colinas y volcanes cercanos al océano y justo en el centro aislado por los bosques un precioso reino llamado Galdor.
Galdor era un bonito lugar para las familias y los mercaderes, estaba compuesto por una pequeña aldea en la que vivían todos los galdorienses, una gran plaza para el mercado donde se hacían grandes desfiles y un precioso castillo digno de reyes, de majestuosas torres e increíble tamaño. Todo esto custodiado por grandes muros y varios fosos por temor a las criaturas del exterior.
Aquel día era realmente hermoso, ya que la reina Alma, una bella y joven mujer de largos cabellos dorados, cara muy fina, ojos verdosos y de distinguido porte, se encontraba a punto de dar a luz a un precioso bebé. La reina era querida por todo Galdor, amada por cada aldeano debido a su gran bondad y humildad ante ellos, además sabía muy bien gobernar el reino junto a su amado Maglor, éste estaba algo nervioso de conocer a su primogénito, el futuro rey que heredaría el trono y gobernaría todo Galdor. Maglor era un gran soberano, de pelo negro como el azabache y de oscuros ojos, era algo corpulento debido a que le encantaba comer a todas horas. Solidario con los galdorienses, pero algo torpe con las decisiones del reino. Adoraba organizar bailes y banquetes reales.
Los dos reyes se amaban y se tenían el uno al otro. Llevaban ya varios años casados, pero siempre habían fallado en tener un hijo, el cual después de varios intentos fue concedido.
No faltaba mucho para que Alma diera a luz en su dormitorio, una gran habitación con cortinas rojas y candelabros que iluminaban cada rincón. La reina dormía plácidamente en sus sábanas blancas de seda y con sus grandes almohadas de plumas, esperando el gran momento acompañada de sus fieles doncellas y mayordomos.
Mientras tanto, el rey se encontraba en la gran sala real firmando papeles importantes, entre los cuales, el gran festejo del nacimiento al día siguiente, en el que se celebraría un gran festín en honor al príncipe. No había presupuesto alguno, todos estaban invitados al gran evento en el que darían a conocer en sociedad al primogénito.
Parecía que iba a ser un ajetreado día de firmas para el rey, sin embargo, algo ocurría fuera de palacio, ya que el cielo se nubló y empezó a llover. Maglor no le dio importancia y siguió firmando hasta que una de las doncellas lo llamó corriendo porque el bebé ya llegaba.
El rey soltó la pluma del susto y los nervios, tiró los papeles por los aires y la tinta negra por toda la sala real, manchando al pobre guardián que tenía justo delante. Enseguida se puso en marcha para dirigirse al cuarto y estar allí con su esposa, pero un gran rayo cayó cerca de palacio retumbando e iluminando todo a través de las enormes vidrieras de colores.
Los truenos cada vez sonaban más cerca y terriblemente, los rayos caían sin cesar y el viento sopló, lo que parecía un bonito día se convirtió en una horrible tormenta. Al rey le extraño aquella situación, ya que tan sólo hace unos minutos el sol radiaba y daba su calor. Meditándolo un poco caminó hacia la puerta de salida para ver si iba todo en orden allí afuera.
Fue entonces cuando alguien llamó a las puertas del castillo tres veces.
-¿Quién llama a la puerta?- le preguntó el rey Maglor a un guardián que se encontraba en la sala.
-No lo sabemos, Su Majestad, creemos que se trata de una mujer o al menos eso parece ya que su rostro está oculto por una capucha. ¿Doy permiso para abrir, Su Majestad? -preguntó el guardián.
-Dejadla, dejad que entre, seguramente querrá obsequiar con un regalo al bebé o que firme algo -contestó el rey sentándose de nuevo en su trono.
-Sí, Su Majestad.
El fiel guardián dio unos pocos pasos para llegar a la puerta y poder así dejar entrar a la dama, no obstante, justo cuando iba a abrir, un rayo cegador de color escarlata destruyó la gran puerta de madera, haciendo volar por los aires a todos los soldados que habían, dejando una gran y espesa humareda gris, ocultando la visibilidad.
-¿Qué está ocurriendo? -formuló con voz firme el rey.
Algo no parecía ir bien, entre el humo se oía una risa de lo más escalofriante, la cual resonaba por todas las partes del castillo.
Por otro lado, en los aposentos de la reina, nadie prestaba atención a las risas. Alma estaba dando a luz y todos se encontraban pendientes para que saliera bien el parto.
Las carcajadas seguían entre el humo en la gran sala real preocupando a Maglor, que temía que pudiera tratarse de una invasión o trampa con algún reino vecino o aún peor, ser atacados por alguna bestia del bosque.
-¡¿Quién eres escoria?!- preguntó gritando el rey en tono amenazante.
La risa persistía sin límite, de un momento a otro todo quedó en absoluto silencio. Pasado unos minutos realmente angustiosos, el humo se disipó y pudo verse lo que habían descrito los guardias, una señorita cubierta con una capa de colores carmesí y negros que tapaba gran parte de su cuerpo, solamente dejaba ver una fina barbilla y unos labios de un color rojo muy intenso.
-Así que me has insultado. ¿Quién crees que eres para hablarme así? -dijo la mujer.
-Soy el soberano de este reino, el rey, y este es mi castillo. ¡Guardias, guardias!
Nadie fue en su ayuda, la terrible explosión causada por la mujer había dejado a todos los guardianes inconscientes en el suelo.
-Puedes gritar lo que quieras que nadie va a venir a rescatarte. ¿Quién lo hará? ¿Tus frágiles doncellas? Por favor, no me hagas reír -se burló la dama entre risas.
-Dime, ¿qué quieres de mí?
-Eres muy tentador, pero de ti no quiero nada o ¿quizás si?, déjame pensar, he oído que hoy nacía vuestro hijo. ¿No es cierto?
-¡Jamás dejaré que hagas daño a mi familia! -gritó el rey enfurecido.
-Dad gracias que os aviso, podría esperarme perfectamente y secuestrarlo. Dígame en que dormitorio está.
-¡No te lo diré, márchate de aquí bruja o tendrás que pasar sobre mi cadáver!
-Como te dije eres tentador, aunque no lo suficiente, en todo caso pasaré sobre el cadáver de vuestro hijo.
Dicho esto, un par de los guardias se recuperaron, con sus grandes y temibles lanzas se pusieron delante de la bruja dando algo de tiempo al rey Maglor, que de inmediato fue corriendo de la sala principal del castillo hacia los aposentos donde se encontraba la reina. Alma ya había dado a luz a un precioso bebé, el cual no era un varón, había tenido una preciosa niña de grandes ojos celestes.
El rey llegó agotado al dormitorio, Alma dejó al bebé en la hermosa cuna de madera de cerezo. Las doncellas ya se habían ido a sus habitaciones a dormir dejando a las dos solas en el cuarto
-Maglor, ven mira, es una niña, ya se que preferías un varón, pero mira qué ojos y qué bella. Es nuestra hijita y futura princesa -dijo felizmente la reina volviendo a la cama.
Maglor se acercó a la cuna y vio a la pequeña durmiendo tapada con una sábana blanca. El rey se enternecía al ver el pequeño rostro angelical, pero se acordó de lo que estaba ocurriendo y rápidamente corrió de un lado a otro, abriendo cajones y tirando la ropa por todos lados, preparando un equipaje rápido.
-Es preciosa cariño, pero tenemos que marcharnos de inmediato.
-¿Cómo? ¿ A dónde? Es muy pequeña aún, no podemos marcharnos.
-Cariño, no tengo tiempo para explicártelo, debemos huir.
Maglor cogió todo lo que pudo y le agarró la mano a su esposa para que se levantara de la cama, sin embargo, la bruja ya se hallaba allí y conjuró un hechizo:
-Isilindil Tinuviel.
Dichas las palabras mágicas, Maglor fue paralizado, estaba totalmente inmóvil, no podía mover ni un solo dedo ni siquiera parpadear. La malvada mujer caminó hacia la cuna de la princesita.
-Veamos. ¿Qué tenemos aquí? Si es un precioso bebé y veo que es una niña, una dulce y preciosa niña. ¡Me dan arcadas!
-¿Quién eres? Largo de aquí. ¡Deja a mi hija en paz! -gritó Alma.
La bruja miraba sin pestañear el rostro del bebé. La futura princesa hacía pucheros al ver a la tenebrosa mujer encapuchada.
-Oh, si está llorando el trozo de carne éste. No te preocupes enana, pronto acabaré con tu sufrimiento.
La hechicera levantó los brazos hacia arriba delante de la cuna del bebé mientras repetía otras palabras mágicas. Encima de su cabeza apareció una especie de nube de color morado, que poco a poco giraba cada vez más y más donde en su centro un gran agujero empezaba a crecer y pequeños relámpagos rojos giraban sobre él.
-¡Tari Surion! -repetía una y otra vez estas palabras, así hasta cinco veces, hasta que el agujero creció del todo.
A la quinta vez, gritó las palabras mágicas mucho más fuerte que las anteriores. El grito había sido oído por todos los rincones de palacio, despertando a todos los que habitaban en él. El agujero ya se había formado y daba a la nube un aspecto terrorífico, como si de un pequeño huracán se tratase que giraba ahora encima de la cuna de la pequeña.
-Despídete del mundo.
De repente, la reina Alma aunque se encontraba débil por el parto, fue corriendo hacia la cuna para coger a su hija, pero ya era demasiado tarde y la reina se puso delante para protegerla. Del terrible agujero cayó un rayo del mismo color como el que había destrozado las puertas del castillo, aunque mucho más intenso, cayendo encima de Alma que se sostenía con sus manos en los barrotes de la cuna, parando así el rayo para que no lastimara al bebé, consiguiendo salvar a su hija. El impacto del rayo fue doloroso, no obstante, en unos pocos segundos paró y dejó casi desmayada a la reina.
-¡Maldita seas estúpida! No. ¿Qué has hecho miserable? -gritó la bruja enfurecida como una loca.
Alma cayó desplomada en el suelo medio muerta, el bebé estaba completamente a salvo y Maglor ya podía mover alguno de los músculos de su cuerpo.
-¡Desgraciada, he malgastado el poco poder que me quedaba en ti!
La terrible bruja fue de nuevo hacia la cuna y con sus manos intentó coger a la niña para estrangularla, pero Maglor recuperó la movilidad totalmente y la empujó contra la pared.
-¡Desgraciados! ¡Ahora debo irme, pero volveré, claro que volveré, acabaré con la princesa y este asqueroso reino me pertenecerá a mí! - exclamó la hechicera que por arte de magia en su última carcajada desapareció sin dejar rastro.
Una vez desaparecida, todos los guardias de la sala real recuperaron sus fuerzas y fueron de inmediato a los aposentos de la reina. El rey fue corriendo a ayudar a su querida esposa y la puso sobre la cama.
-Cariño, cariño, despierta. ¿Estás bien? Por favor despierta, no puedes morir. ¡No! Aún te queda mucha vida por delante, un futuro con tu familia, ver crecer a tu hija -dijo Maglor entre lágrimas.
Las doncellas y los mayordomos entraron a la habitación, los guardianes del castillo, todos esperaban para saber cómo se encontraba su querida reina.
Pasados unos minutos, Alma abrió de nuevo los ojos.
-Mi amor. ¿Estás bien? Dime que lo estás, por favor - decía el rey llorando desconsoladamente.
-Maglor, cuida de nuestra hija por favor, te quiero y siempre te querré.
Alma cerró los ojos para siempre, cayéndole delicadamente una pequeña lágrima por su mejilla derecha. La reina había muerto. Maglor no podía creer lo que había ocurrido, él la seguía abrazando sin soltarla mientras lloraba la gran pérdida.