Bianca era realmente una mujer curiosa y desde su llegada entró en todas las habitaciones de palacio. Cientos y cientos de dormitorios, no quería perderse ni el más mínimo detalle.
Algo llamó su atención y fue un muro que había justo debajo de las escaleras de la gran sala, al lado de una armadura de caballero. Con sus delicadas manos empezó a tocar la fría pared, pero en ese momento, uno de los mayordomos la llamó. De inmediato, Bianca dejó aquel extraño muro y se dirigió hacia el sirviente de nombre Lisandru, un señor bastante serio, alto y con bigote, siempre iba bien vestido y tenía acento extranjero.
-Mademoaiselle. ¿Necesita algo?
-Oh, no se preocupe, sólo estaba viendo mi nuevo hogar.
-Le ruega el rey Maglor que se prepare para el gran banquete de esta noche.
-¿Un banquete? ¿Esta noche?
-Le informo también, que debe ir bien vestida, las doncellas le han dejado un hermoso vestido de baile sobre su cama.
-¿De baile? -preguntó Bianca extrañada.
-Si mademoaiselle, el rey quiere bailar con usted.
-Pero, si yo no se bailar.
-No hay peros, mademoaiselle, usted vaya y disfrute.
Lisandru se alejó para proseguir con los preparativos. Bianca paseaba bastante inquieta por el pasillo, era una persona muy segura de si misma, aunque esta situación la ponía verdaderamente nerviosa, no le gustaba bailar y mucho menos sabía hacerlo, no quería que los demás se rieran de ella por su torpeza. Había empezado una nueva vida y no debía permitirse tener una mala reputación nada más llegar, pero Bianca era una mujer con mucha clase y si un caballero, más siendo un rey, te invitaba a un baile, sería descortés el rechazarlo, además sentía cierta atracción hacia el porte majestuoso y varonil de Maglor y podía ser el comienzo de una bonita amistad o algo más. Alguien que pudiera darle todo cuanto ella merecía.
De manera que aceptó la propuesta y fue corriendo hacia su dormitorio, allí le esperaba sobre la cama, una caja blanca y el vestido, un precioso atuendo de color verde menta y suave textura, adornado con encajes y otros muchos detalles. Bianca se lo probó y pasó sus delicadas manos por la suave textura del vestido.
Tras engalanarse, la dama abrió la caja y comprobó lo que había en su interior: unos preciosos zapatos, un antifaz de plumas turquesas y varias fulgurantes piedras preciosas, aprovechando éstas para hacerse un bonito recogido en el pelo.
Bianca se miró al espejo, se echó un poco de perfume por el cuello y sonrió, sabía que iba a ser la más bella del baile, incluso brillaba más que el oro que cubría el marco de aquel espejo.
Por otro lado, las doncellas bañaban y vestían a la pequeña princesa, ésta estaba algo enfadada porque no tenia ganas de aburrirse ante los amigos de su padre, pero no tenía otro remedio. Raisie esa noche llevaba un vestido dorado que le quedaba maravillosamente bien.
A las pocas horas, la gran sala real estaba repleta de gente. Todo el reino estaba allí vestido con sus mejores galas. Enormes vestidos de brillantes colores para las damas y hermosos trajes formales para los caballeros, ocultando todos sus ojos a través de máscaras y antifaces de fiesta que hacían que el baile fuera aún más misterioso y hermoso. Sonaba una música cálida y todo estaba iluminado con bellas luces, mostrando una gran sala donde las vidrieras brillaban y un aire fresco entraba desde las ventanas de los jardines atrayendo el aroma de las flores.
Maglor ya estaba preparado y sentado en su gran trono. Iba vestido de color naranja y portaba una gran máscara en forma de pájaro. Sus reales guardianes lo custodiaban a los lados de su trono.
Al poco rato, bajó Bianca algo nerviosa con su vestido largo y verde y oculta tras el antifaz de plumas turquesa. Todos los galdorienses se quedaron mirando a la preciosa dama. Maglor se levantó de su trono en un par de segundos y se dirigió a los pies de las escaleras a esperarla. La doncella empezó a bajar y en el último escalón se tropezó cayendo en brazos del rey.
-Lo siento, estoy algo nerviosa -se disculpó Bianca.
-Tranquila no pasa nada.
Maglor la cogió con suavidad de la muñeca y la presentó ante la sociedad:
-¡Atención! Antes que nada quiero agradeceros a todos por asistir y quería presentaros a la nueva consejera real de Galdor que seguro lo hará perfecto. Un aplauso por favor.
Los asistentes comenzaron a aplaudir, aunque enseguida pararon al ver que la joven princesa bajaba las escaleras acompañada de una doncella. Raisie iba con su vestido dorado y un pequeño antifaz. De repente todos, sin faltar nadie, aplaudían al ver a la bellísima niña, incluso aplaudieron mucho más que con Bianca, cosa que a ésta le sentó fatal, pero que dejó pasar.
De pronto, empezó a sonar un precioso vals y Maglor llevó a Bianca al centro de la sala para bailar. Raisie se encontraba sola sentada en la alfombra roja de las escaleras, aburrida sin que nadie le hiciera caso, decidiendo más tarde salir del castillo aunque estuviera prohibido y más a esas horas de la noche. La pequeña pasó entre las bonitas parejas de baile sin ser detenida por nadie, sin duda alguna era la más bella de todas, no obstante, era tan solo una niña. Seguidamente cruzó la aldea donde no había nadie y se dirigió a la pradera, una inmensa pradera repleta de toda clase de flores y de todos los colores. Esa noche parecía que aquel lugar era mágico, ya que había luciérnagas por todos partes y las estrellas y la Luna iluminaban todo.
La princesita se acostó entre la hierba, oliendo el aroma de las flores silvestres y mirando al cielo. No le daba miedo estar sola en aquel lugar ya que para ella era su sitio favorito, en el que podía disfrutar sin ser regañada por nadie. Pronto cerró los ojos y se quedó dormida.
En el castillo, Maglor y Bianca seguían bailando, era cierto que se le daba fatal bailar, ya que con cada paso pisoteaba los pies del rey, aunque éste aguantaba su dolor, de vez en cuando se le escapaba alguna lágrima.
-Perdóneme. ¿Le hice daño? -Bianca pedía perdón una y otra vez por cada pisada.
-Estoy bien, apenas he sentido nada -mintió Maglor.
Pasaban las canciones y la damisela seguía pisando al rey, él ya no podía más y fue hacia a su trono a descansar un poco acompañado de la dama.
-Soy muy torpe, perdóneme, Su Majestad.
Bianca se puso de rodillas al lado de Maglor y le agarró la mano, haciendo que el rey se ruborizara, parecía que Maglor también empezaba a sentir algo por ella, pero se acordó de su hija Raisie y llamó a una de las doncellas para ver donde se encontraba.
-¿Dónde está Raisie?
-Estaba sentada en las escaleras hace un momento, pero ahora mismo no sabemos donde puede estar.
Maglor enfureció y mandó pausar el baile, poniéndose de pie para buscar a su hija y ordenando a todos que la encontrarán.
-Tranquilo, Su Majestad, seguro que la encontramos, la próxima vez estaré yo atenta de ella.
Las palabras de Bianca hicieron calmar un poco la ira del rey, aunque aún seguía enfadado y atemorizado por si le había ocurrido algo a la pequeña.
Raisie que seguía durmiendo en la pradera, despertó y se puso de nuevo a oler las flores. Todas olían de maravilla y hacían sentir a la princesa como si estuviera soñando, así que volvió a tumbarse para seguir descansando, pero cual fue su sorpresa, que alguien se quejó, una vez acostada en el suelo.
-¡Levanta! ¡Levanta! -se escuchaba.
Asustada se levantó a toda prisa y pudo ver a una pequeña hada que limpiaba su vestido ensuciado por la tierra.
-La próxima vez lleva cuidado -dijo el hada enfurecida.
-¡Un hada! Lo siento mucho. ¿Te hice daño?
-Por suerte, no.
-¡Vaya! Quizás, seas, ¿mi hada madrina?
-¿Qué soy tu qué?
-Mi hada madrina, aquellas hadas ancianas que ayudan a las niñas en los cuentos.
-¿Me estás llamando anciana? No soy un hada madrina, soy un hada del bosque.
El hada se marchó refunfuñando dejando a Raisie confusa y pensativa, sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos cuando una especie de coneja bastante extraña se acercó a ella hablando.
-No te preocupes por ella, estará bien, seguro que algún día sois buenas amigas.
-¿Un conejo que habla? -preguntó la princesa asustada.
-No soy un conejo aunque lo parezca. La mayoría de los animales que viven en estos bosques pueden hablar.
-Entiendo -contestó algo dudosa Raisie.
-Bueno pequeña, encantada, pero ahora tengo que dejarte, estoy a punto de tener a mis crías y quiero descansar.
-Buenas noches -se despidió la niña mientras veía aquel animal extraño meterse en su madriguera.
Raisie escuchó que la llamaban desde palacio, sabía que iba a tener problemas y fue corriendo de nuevo a casa. Esa noche la princesa fue castigada a no volver a salir del castillo durante mucho tiempo. Maglor estaba realmente enfadado creyendo que la había perdido.
Los años pasaron de nuevo, el reino se encontraba mejor que nunca. Bianca daba buenos consejos al rey y entre ellos surgió el amor, uniéndose ambos en matrimonio. Poco a poco fue dejando de cuidar a Raisie, encargándose las doncellas de nuevo de su cuidado. Con el tiempo Bianca dejaba ver su verdadera personalidad, la de una mujer muy materialista, cruel y dura que siempre daba órdenes y chillidos a los sirvientes del castillo y a todo el que se le cruzara. Nadie podía decirle nada, ahora era la reina. Maglor no se daba cuenta de la falsedad de su nueva esposa, ya que ésta delante de él era la mujer más maravillosa de todas, incluso con Raisie, aunque Bianca en verdad la odiaba con todas sus fuerzas.
Sin embargo, eso no era todo, Bianca después de casarse le era infiel a Maglor sin éste saberlo, tenía varios romances en secreto con los guardias de palacio y algún que otro caballero.
Aunque pasaran los años, la princesa seguía escapándose a la pradera para seguir jugando con sus nuevos amigos, fue criada por las doncellas y siempre muy vigilada por los guardianes. Cada día estudiaba, pero seguía metiéndose en líos.